Violeta: a pesar de todo, me permite soñar, por Alba Centeno


Desde hace varios años, en razón de la visibilización de las graves violaciones de derechos humanos en Colombia y gracias al esfuerzo de las organizaciones sociales, se ha podido empezar a conocer el impacto de la violencia derivada del conflicto armado sobre las mujeres. Más allá de eso, las instituciones y la sociedad han empezado a ver cómo éste flagelo afecta a las mujeres y también cómo el hecho de ser mujeres se convirtió en un motivo para que miembros de grupos armados ilegales y algunos agentes del Estado las agredieran en su integridad afectando su dignidad, para anularlas o para atacar al enemigo.

Eso es lo que Violeta representa. Representa las mujeres viudas, las madres de desaparecidos, las abuelas que se convirtieron en madres, las mujeres desplazadas, las mujeres que buscan la verdad y que sufren al saber sobre abuso sexual y homicidio de sus hijas. De ‘Violetas’ estamos rodeados. ¿Por qué? Porque en mayor magnitud fueron quienes sobrevivieron a la violencia, porque los crímenes contra su dignidad han sido silenciados por una sociedad indolente e ignorante, por una cultura machista y estigmatizadora y por un Estado desconocedor de las dinámicas de la guerra y de la esencia del dolor de las víctimas. Violeta es María, Martha, Jessica, Ana, Camila; es el rostro de miles de mujeres víctimas de la violencia en Colombia.

Desde dos posiciones diferentes de trabajo -que a veces parecen opuestas-, una en la administración de justicia y la otra desde el gobierno, sé, aunque no lo crean, como ellas duelen, como conmueven y como quitan el aliento. Cuando se acercan con la esperanza de una respuesta, aquellos quienes trabajamos para ellas y a quienes este país aún nos duele- somos más bien pocos, no lo niego-, hacemos todo por darles auxilio y anhelamos que ese auxilio aporte en algo para transformar, para mejorar, para ayudarlas a alcanzar una ciudadanía y a vivir dignamente, en otras palabras, para que logren todo lo que merecen. Sufrimos con ellas, nos alegramos con ellas y aprendemos de ellas. Cuando uno habla con las Violetas de carne y hueso, ve como en todas es común su empuje, su capacidad de reponerse, su manta de recuerdos. Yo, siendo mujer y trabajando día a día con ellas, todavía me sorprendo de su capacidad de asumir las realidades y del sentimiento común de la esperanza de cambio.

Creo fehacientemente que no hay forma más conmovedora de conocer el dolor de las víctimas que a través de las mujeres, porque a través de ellas podemos ver cómo la guerra afecta a los niños, a los indígenas, a los afrodescendientes, incluso a otras mujeres, como las reclutadas por los grupos ilegales, abusadas, usadas y violentadas durante años. Los rostros de esta guerra son diversos, pero Violeta tiene la magia de conmovernos, de identificarnos con esa sociedad que no quiere ver la manta de recuerdos porque la entristece, de asociar los ‘Sin Sombra’ y los ‘Hombres Grises’ con quienes transitan por nuestras calles, hacen política o imparten justicia.

Creo que ya han pasado suficientes madres, hijos y nietos y también la sociedad ha empezado a despertarse a través de las organizaciones sociales, la academia y diversos movimientos políticos; y que el Estado ha empezado a esforzarse por esclarecer la verdad y por reparar a tantas como Violeta. Que falta: sí, mucho. Que no es suficiente: sí, probablemente. Que falta enfoque de género y reconocimiento a las mujeres: sí, y hay que exigirlo. Pero creo que es el principio de un sueño. Soy una optimista, no podría trabajar con y por las víctimas si no lo fuera, por eso creo que esta sociedad, con piezas como Violeta, va a comprender la magnitud de los hechos, se conmoverá y exigirá que éstos no se repitan; sueño con que los malos ‘Repartidores de Justicia’ y ‘Hombres Grises’, tal como los ‘Sin Sombra’ desaparecerán y los jueces justos y los mandatarios que piensen en las víctimas, surgirán de esos pueblos, valles y lugares de donde venían Violeta y sus hijas Las Amarillas.

Me permito soñar con que así será para que un día ‘Los Lilas’, que son el futuro de este país, sepan qué pasó con sus madres Las Amarillas, y Violeta con tranquilidad, dignidad, templanza y fortaleza pueda volver a sus campos, a departir con el ‘Tío Naranja’, tal como María, Martha, Jessica, Ana, Camila y otras miles de mujeres víctimas sueñan hacerlo algún día. Sueño con esto para que quienes nos conmovemos con Violeta luchemos para que su drama no vuelva a repetirse.

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