Esos caminos, esas heridas, esas vidas… por Alekzander Rincón



Pasamos Violeta en colegio: leo en las caras de los niños la indignación, las fibras han sido tocadas, pequeñas agujas de dolor ajeno llega: hay sensibilización. Qué maravilla, pensé, no olvidamos del todo. Algunos lloran despacio, son sensibles. Otros se incomodan, buscan una vía de escape, ríen, no saben qué hacer… otros han visto demasiado.

Luego de Violeta, del impacto en mis estudiantes, de sentir esos testimonios muy cerca de los 10 años de la Masacre del Salado, por ejemplo, sabiendo que han visto en clases temas como dictaduras, se que Violeta ha sido muy efectiva, que han traído muchos elementos distantes, que las voces, las imágenes, los colores, que el alma recibe mejor esos mensajes que vienen del alma y el corazón adolorido…

Pero también pienso en ellos mismos, en sus dolores profundos, en el contexto de la guerra de nuestro municipio, de las muertes casi diarias, piensos en esos casos particulares, en los testimonios vivos de Violeta en mi colegio: una niña sufre traicionada por su memoria. La huella psíquica de un hombre que dispara otro frente a su casa se niega a marcharse. La atormenta, la hace temblar, perderse… a veces incluso se desvanece en clase.

Ayer quise hablar con una amiga que trabaja en el colegio. Una llamada casual para saludar que no llegó a contestar. Me explica luego: “estaba en la iglesia y de repente escuchamos disparos. Estaban matando afuera a un hombre. Estuvimos adentro mucho tiempo, con miedo, fueron muchos disparos… entonces sonó el celular pero no pude contestar…”.

Uno de mis estudiantes entrega una hoja de evaluación en blanco. “No pude dormir bien, hace una semana mataron a una conocida y la recuerdo mucho. Su muerte fue muy cruel, viene a mi cada noche, tenía solamente 16 años…”

En clase estamos revisando periódicos. Una estudiante me muestra una noticia de un hombre asesinado en un municipio cercano. “Profe, estoy triste, en esta noticia sale mi tío…” la noticia tiene un par de meses pero para ella el recuerdo es fresco.

En este salón una niña perdió a su madre en manos de la violencia del sicariato el año pasado. Soy muy cuidadoso al hablar de la muerte acá… no sé en dónde está sembrada, no sé a quién puedo herir, no sé qué puedo recordar…

A veces quisiéramos gritar, salir, manchar las paredes con mensajes, erradicar la muerte de estas tierras hermosas y verdes, rendir sendos homenajes para que quienes son asesinados no se conviertan en simples números estadísticos, acabar con miradas de admiración a los lujos excesivos y al poder que todo lo consume, devora o silencia. Me resta decir que no tenemos justificación y a veces tampoco tiempo. También que todos llevamos una pequeña mordaza hecha de miedo, de ignorancia o de indiferencia.

Salón de clase, ética, fin de un cine foro. Ante la muerte, digo a mis estudiantes, ante la dolorosa realidad de la muerte y la violencia, he visto que las personas toman tres caminos diferentes, pero solo quiero decirles que uno me parece más fructífero y recomendable.

La primera opción que algunos toman es vivir en la herida. “Amo mi dolor como un hijo malo” escribió Octavio Paz. Vivir en el dolor, del dolor, sembrarse en el dolor y dejar de ser… Es cierto que el dolor te arranca, que la violencia te golpea, pero caer en el dolor y quedarte a vivir en él, hundiéndote cada día en nombre de la desesperación y la soledad, mirando como con la muerte se te van las ganas… a nadie le interesan los mártires sin causas. Y los mártires con causa tampoco. Los que ante la violencia escogen este camino son los que se entristecen por la muerte y se olvidan que a pesar de todo ellos aun están vivos. Son aquellas víctimas que nunca dejan de serlo, que cargan con este sino a perpetuidad sin liberarse y empezar de nuevo. No es que no deba el sujeto reconocerse a sí mismo como víctima y saber que fueron violentados sus derechos o los de sus allegados. Pero reconocerse como víctima en un país como el nuestro, significa adquirir la responsabilidad de querer superar este estadio y trascender el dolor…

En segundo lugar, he visto aquellos que dejan que en su corazón se siembre el rencor. La venganza se convierte en una fruta dulce que se codicia desde lejos. Lo sentí en la imagen de un niño que vio morir a su padre en la entrada de su casa: “solo quiero crecer para matarlos, todos sabemos quienes fueron”. Parece una imagen ingenua sacada de las películas de acción, de los viejos westerns (Como “sin perdón” por ejemplo… o las películas orientales donde la venganza se vuelve un ritual). Este camino de la venganza y del rencor, muy diferente al de la autocompasión y auto abandono, está mas inspirado y legitimado en la sociedad. El día a día, el ojo por ojo, los films de acción donde el héroe hace pagar al villano: hemos olvidado qué es la justicia dentro de un Estado.

Creo que durante décadas nuestro país ha crecido teniendo una visión muy pobre sobre las instituciones de justicia y además ha debido sufrir su ineficacia o corrupción, cuando no su abandono. Mis estudiantes, de los cuales he hablado antes, son prueba de ello: no se percibe que los culpables sean visibilizados, rechazados y castigados, y esto aumenta las heridas.

En fin, creo que no hay nada que cause más violencia y pobreza que una justicia ineficaz, lenta y desvalorizada que permite con su abandono que la justicia privada sea percibida como una práctica legítima. Últimamente, parece que el auge de la justicia por mano propia ha alimentado también los imaginarios que culpabilizan con facilidad a la víctima (¿tendría algo pendiente?). Yo la reproduzco cuando digo: se lo merecía, cuando digo, yo no debo nada.

El tercer camino, que me parece más loable e inspirador, consiste en usar el dolor y la violencia sufrida como motor, como impulso y como causa para reconstruir, sanar y crecer. Lo veo en aquellos que convierten el origen de su sufrimiento en una causa para redimir a sus muertos, en aquellos que dedican su vida a rendir homenaje a aquellos que se han marchado. Hablo de quienes día a día se esfuerzan por dejar atrás el sabor amargo, recordar con lucidez y mejorar este mundo para que quienes se han marchado vean desde lejos y sonrían porque nuestros proyectos de vida se han enriquecido tras su partida (no por su partida), en vez de deformarse, estrangularse o enlodarse.

Lo veo en Violeta, lo veo en aquellos que exigen derechos, que exigen justicia, que reclaman un alto a la muerte, que luchan para que otros no vivan su dolor. Pero no solamente por el camino del activismo se logra esta redención y reinicio. También se puede por una vía más privada, casi secreta: lo he visto en una estudiante que busca mejorar, crecer, hacer las cosas de manera brillante, con sacrificio: “nadie sabe por qué lo hago, pero el motivo es muy profundo. Nadie sabe porque quiero ser siempre mejor, hacer las cosas muy bien…”. Sé que nunca ha sido mala estudiante, también que su padre fue asesinado hace un año… y que nunca se ha dado por vencida. Me gusta este camino, que me parece más cercano al perdón, la acción y la vida.

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One Comment en “Esos caminos, esas heridas, esas vidas… por Alekzander Rincón”

  1. Lilian Says:

    Todo que decir, ante la sensibilidad en este lugar mientras lo leía los muertos me rondaban, casi todos los conozco, igual que a quienes dejaron, pero no se me presentan con rabia ni dolor, los veo para agradecerte por su recuerdo, si matamos a nuestros muertos, nos matamos a nosotros mismos, dejemos que vivan, en nuestras ideas, nuestras palabras y nuestras acciones. De nuevo gracias por revivir-los, nos.


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